in Contemporáneos

En una entrevista del 2011, la curadora Eva Respini preguntó a Boris Mikhailov su opinión acerca de quienes dudan del carácter documental de sus imágenes. La respuesta fue “Documentary cannot be truth”. En la misma entrevista, acerca de su obra “Case History”, Mikhailov ensaya algunas respuestas acerca del carácter de sus imágenes de indigentes ucranianos. La verdad, la imagen posada, el acto de pagar a los individuos fotografiados, la pobreza, la desnudez, la representación de una Ucrania post-soviética, etc. son algunos de los temas que surgen durante la conversación. Me interesa Mikhailov porque, como se puede leer en la entrevista, tiene una posición muy particular respecto a su quehacer fotográfico, el mismo que contiene una serie de matices interesantes para explorar.

Boris Mikhailov, Berlin, Germany, 2004  -Portraits (tomada de la web llesphotographes.com)

Autoretrato de Boris Mikhailov, Berlin, Germany, 2004 -Portraits (tomada de la web llesphotographes.com)

Ganador del Hasselblad Masters Award del año 2000 y considerado como uno de los fotógrafos más representativos de la Unión Soviética, en particular post perestroika. Mikhailov es un reto conceptual para para quienes persiguen la verdad en las imágenes documentales. Su trabajo es una constante paradoja; tuvo problemas con la KGB por la crudeza y sensualidad de sus imágenes, pero al mismo tiempo, al volver de Berlín, decide fotografiar indigentes en la ciudad de Kharkiv a quienes pagó para poder fotografiar, acto que parece justificar las razones de su censura. Un artista que desnuda (a veces literalmente) la degradación que lastima a los pobres de Ucrania, pero que al mismo tiempo debilita la veracidad de sus imágenes al remunerar a quienes se supone son un testimonio “real” de miseria y sufrimiento.

¿Dejan de ser veraces las imágenes de Mikhailov cuando sus retratados reciben dinero? ¿posar es mentir? Ambas preguntas parecen sencillas pero son profundamente ambiguas. Si recuperamos su respuesta a Respini: “Documentary cannot be truth”, encontramos en ella un indicio que quizá podríamos utilizar como punto de ingreso para comprender el estilo y la noción de representación que manifiestan sus imágenes de indigentes en Ucrania. En la fotografía documental, la interacción fotógrafo-fotografiado siempre implica un sistema de relaciones desigual entre ambos actores. Es inevitable que uno de los involucrados en la producción de la imagen se ubique en una posición de inferioridad, sin que esto signifique necesariamente relaciones de abuso o aprovechamiento. Y es que la desigualdad no es mala en sí misma; en el arte, se trata de un rol que va alternándose entre dos individuos que se involucran al crear una obra. De esta manera, por ejemplo, el poder recae sobre quien tiene la capacidad de influir en la acción del otro. Al comienzo es quien busca las imágenes quien carece de poder, el mismo que toma cuando se acerca a un individuo y realiza una oferta por su imagen, luego, el individuo que performa puede recuperar el poder cuando la tensión del contrato le permite mostrar más o menos, pues ha puesto en valor la imagen de su testimonio.

Me acerco a las imágenes de Mikhailov pensando que el acto de pagar a los fotografiados y dirigirlos en su performance puede ser un mecanismo que lo libere del dilema de la veracidad. Sus fotos no son veraces, porque el documentalismo no puede serlo. No pregunten más. Descartado eso, podemos fijarnos en que sus imágenes nos muestran una relación natural entre fotógrafo y fotografiado donde el segundo es poseedor de una narrativa en la imagen de su propio cuerpo (desnudo, maltratado y desnutrido) y el primero es dueño de una perspectiva mediatizada por la cámara y que está dispuesto a dirigir el cuerpo del testimoniante para darle forma a la realidad que su propio entendimiento le propone. De esta forma, Mikhailov quiere mostrar senos, dientes, piel, cabezas rapadas, ojos enrojecidos y pone entre él y el individuo una relación contractual que los deshumaniza y convierte en soportes vivos de la imagen que quiere construir. ¿Es esto mejor o peor que el documentalismo exotizante que encuentra su fetiche en la otredad?

Es imposible no quedarse intrigado por las imágenes de “Case History”, sea por la crudeza de las escenas o por la excentricidad de los retratados. Al mirar las fotos pienso en si estamos preparados para ver posar a la marginalidad, al hambre, al dolor y a la miseria humana. En un contexto como el nuestro, de indignación a flor de piel ¿la imagen de estos hombres y mujeres no debería ser objetiva y redentora?

Como propone Susan Sontag en uno de sus libros más famosos sobre fotografía (Ante el dolor de los demás, 2003): “Ser espectador de calamidades que tienen lugar en otro país es una experiencia intrínseca de la modernidad, la ofrenda acumulativa de más de siglo y medio de actividad de esos turistas especializados y profesionales llamados periodistas.”

Más allá del dardo envenenado hacia el fotoperiodismo, lo que Sontag nos quiere decir es que el consumo de imágenes dolorosas es un ritual de nuestra condición de modernos y cosmopolitas. No solo son viejos cuerpos maltratados, sino que además provienen de una Ucrania post-soviética, la visión de una utopía fallida, de una madre que ha maltratado a sus hijos hasta hacerlos mostrar la carne llena de heridas y la boca sin dientes. Pero estos indigentes ejercen su imagen, asumen al lente con la mirada fija.  Si el acto de posar introduce una variable interpeladora, recibir un pago por ello cuestiona el sentido de nuestra presencia frente a la fotografía.

Imagen tomada de photoslaves.com

Imagen tomada de photoslaves.com

Imaginen que estamos viendo la fotografía de una pareja Ucraniana marginal, ambos “desnudos” y demacrados. La formalidad documental exige presenciar la escena casi como espectadores invisibles y es a partir de su estatus que nuestra realidad se torna privilegiada. Nuestro órgano moral se conmueve. Estamos llorando, queremos ir a salvarlos, prestarles una manta y darles alimento, pero en ese abrazo penitente ambos pobres individuos nos descubren mirando. Se nos congela la sangre. “¿Te gusta lo que estás mirando?” parecen decir y en ese momento el acto no se diferencia de mirar pornografía.

Además les han pagado para mostrarse, ¡traición! gritamos, los que sufren no nos pueden mirar porque quien devuelve la mirada comparte un poco de su condición. De repente los desnudos y marginales somos nosotros hasta que cerramos el libro o apagamos la imagen. No queremos ver más las imágenes de Boris Mikhailov, porque sus pobres están vivos y son atrevidos.

Boris Mikhailov nació en la misma Kharkiv, Ucrania de donde son sus imágenes de indigentes (además, el mismo año que Daidō Moriyama, 1938). Además de su obra sobre indigentes en su ciudad natal, ha realizado fotografía artística, explorando el uso de color, el blanco y negro e imágenes intervenidas con texto.

Pueden leer su ficha biográfica en Wikipedia o su perfil de la galería Saatchi.

Aquí un video de su libro “A retrospective

https://vimeo.com/43124327

Aquí algunas imágenes: