En la literatura I (Kawabata y Watanabe)

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La fotografía aparece en la historia y la historia aparece en la fotografía. Barthes decía que el siglo XIX nos trajo ambas y yo sumaría que unidas se quedaron para siempre. Desde ese comienzo, desde esa aparición, los intelectuales le huyeron a explicar su naturaleza, le temieron por su aparente alquimia, se sobrecogieron por sus cualidades nunca antes vistas. Quienes no tuvieron miedo para apropiarse de su magia fueron los escritores, los poetas y los ensayistas, los cuales se atrevieron, protegidos por las libertades opiáceas de su rubro, a inventarse diferentes dinámicas del ver para fotografiar y de ver fotografías. Con esta brevísima introducción quisiera comentar un fabuloso cuento de Kawabata de 1924 y un poema de Watanabe de 1989, que transcribo literalmente de las ediciones que tengo a la mano:

Fotografía (Shashin) – Yasunari Kawabata, 1924

Un hombre feo —es duro decirlo, pero ciertamente fue por su fealdad que se convirtió en poeta—, bien, este poeta me dijo lo siguiente:

“Odio las fotografías, y muy rara vez se me ocurre sacarme una. La única vez fue hace cuatro o cinco años con una muchacha, con motivo de nuestro compromiso. Me era muy querida. No creía que una mujer como ella volviera a aparecer en mi vida. Ahora aquellas fotografías son mi único recuerdo hermoso.”

“El año pasado, una revista me pidió una foto. Corté mi parte de una fotografía en la que aparecía con mi prometida y su hermana, y la mandé a la revista. Hace poco un reportero vino a pedirme otra fotografía. Dudé por un momento. Pero al final recorté por la mitad una donde estábamos mi novia y yo, y se la entregué al reportero. Le pedí que me la devolviera, pero no creo que lo haga. De todos modos no tiene importancia.”

“He dicho que no tiene importancia, pero la verdad es que me sobresalté al ver la mitad de la foto donde mi prometida había quedado sola. ¿Era la misma muchacha? Déjeme contarle sobre ella. La muchacha de la foto era bella y encantadora. Tenía diecisiete años y estaba enamorada. Pero cuando miré la foto que tenía en mis manos —la fotografía de la muchacha separada de mí— me di cuenta de lo insulsa que era. Y hasta ese momento había sido la más bella fotografía que yo había visto… En un instante desperté de un largo sueño. Mi precioso tesoro se había desmoronado. Y entonces…”

El poeta bajó todavía más la voz.

“Si ve mi foto en el diario, ella también pensará lo mismo. Y se sentirá mortificada por haber amado a un hombre como yo. Bueno, ésa es la historia. Pero me pregunto, ¿y si el diario difundiera la foto de los dos juntos, tal como fue tomada, volvería ella a mí creyéndome un hombre espléndido?”

Mi ojo tiene sus razones – José Watanabe, 1989

Creo que mi ojo tiene un arbitrario criterio de selección.
Obviamente hubo más paisaje alrededor,
imposible que sólo fuéramos ella y yo en el rompeolas.

Soy de repeticiones, como todos. Entonces puedo suponer que
si hubo niebla
le dije: botes en la bruma pueden ser sólo reflejos, espejismos,
y le mencioné el antiguo haiku de Harumi:
“Entre la niebla
toco el esfumado bote.
Luego me embarco.”

Si hubo sol
le tomé fotografías con el hueco de la mano y acaso la azoré
diciéndole: posa con los senos hacia el viento.
Si pasaron gaviotas y ella las admiró, le recordé
que eran aves carniceras y que únicamente su feo canto es honesto.
Mi ojo todo lo veía, no descartaba nada.
Entramos en el mar por el rompeolas de rocas cortadas.
Sobre una roca saliente ella recogió su falda
y deslizó sus pies hacia el agua.
Sus muslos desnudos hallaron comodidad en la piedra.

Era particularmente raro
el contraste de su muslo blanco contra la roca gris:
su muslo era viviente como un animal dormido en el invierno,
la roca era demasiado corpórea y definitiva.

Hubiera querido inscribir mi poema en todo el paisaje,
pero mi ojo, arbitrariamente, lo ha excluido
y sólo vuelve con obsesiva precisión
a aquel bello y extremo problema de texturas:
el muslo
contra la roca.

Empiezo esta serie de comentarios con el fin de divertirme, sin rigurosidad por el análisis y sin ningún método que los semióticos podrían exigirme. Hecha esa advertencia puedo señalar lo interesante que resulta ver a dos autores acercarse a la fotografía desde dos de sus aristas: Kawabata nos ofrece una versión del mirar para apreciar y Watanabe se endulza en una versión del mirar para perpetuar. El japonés se da cuenta de las posibilidades discursivas al mutilar una imagen, añadiendo o quitando personajes, la relación intrínseca de una foto con su referente se convierte en desaliento cuando originalmente fue gozo. Por otro lado, el poeta peruano recorre un instante con su “ojo arbitrario”, destilando las postales marítimas que todos conocemos, pero ensimismado en un punctum producido por el roce sensual del muslo y la roca. Transponiendo los oficios, Kawabata sería un John Heartfield, mientras que Watanabe, un acucioso Ansel Adams.