Desarraigo

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Estuve en la feria Art Lima 2013 dos veces y recién en la segunda visita presté atención al proyecto “Desarraigo” de las artistas Sonia Cunliffe y Silvana Pestana. Confieso que la primera vez no les presté atención y fue en casa que descubrí que se había armado un mini-incendio virtual al respecto.

Una nota de El Comercio relata que esta muestra propone una analogía entre “campesino” y “niño”, razón por la que varios salieron a criticar duramente a las autoras.

Al comienzo pensé mal del autor de la nota, intuí que había descontextualizado la enunciación de la obra y fijado su atención sólo en el aspecto más llamativo, la idea de tener dos artistas nacionales tocando un tema social tan complejo como la reforma agraria.

Siempre procuro dudar de los linchamientos virtuales, por lo que traté de buscar más información respecto a cómo presentaban ellas mismas la obra. Al comienzo no encontré nada que diste mucho de la información que volteaban en El Comercio, pero luego encontré el video que acompaña la nota y sentí alivio. Luego no.

Nada más “objetivo” para hablar de una obra de arte que recurrir al propio discurso del autor. Extraigo unas cuantas frases de ellas mismas sobre su trabajo, a ver si así podemos descifrar este escándalo 2.0.

(luego de hablar de la idea de desarraigo) “…bueno ese apego es el vínculo que se desarrolla entre la madre y el hijo o el cuidador del niño desde que nace hasta que tiene seis años y depende de lo positivo o negativo que sea para que el niño sea un adulto sano mentalmente…que sea bueno para la sociedad

Hasta aquí son solo dos madres preocupadas por la infancia y el desarrollo de sus hijos. Nada atroz, solo aburrido. (¿cuidador del niño?) . Sin embargo, empieza a preocupar por qué en la nota hablan de “los campesinos”. ¿qué estaba por ocurrir?.

“…y queríamos ver qué pasa cuando no tienes ningún tipo de apego, cuando dejas solo a un niño y todo lo primitivo y lo salvaje sale de él, no? y si no le pones límites y cuidado puede pasar… este…”

Sí, primitivos y salvajes.

“…se puede hacer daño a sí mismo, entonces lo contextualizamos en la época de la reforma agraria es una época en que también el estado… sucedió eso… es como una metáfora no?… no fue protector con sus campesinos digamos les dio las herramientas pero no les enseñó a usarlas entonces igual los niños ¿no? tenían cuchillos, corrían peligro, tenían armas, entonces todo el tiempo estaban en peligro… entonces este.. es como que ellos  se quedan solos en esta casa-hacienda… los papás se fueron… los empleados se fueron…porque tuvieron estas tierras… se enfrentan a situaciones primero de juego libres y de repente empieza el peligro y la necesidad de supervivencia…”

Es oscuro y agradable escuchar a alguien decir una estupidez. Sobre todo cuando se trata de un discurso despreciable que se revela en su intento por “camuflarse” en lugares comunes de lo “políticamente correcto”, alcanzamos el clímax al descubrir que las buenas intenciones no le alcanzan para agazaparse.

Este caso es muy sencillo. La obra apela al discurso paternalista y mutilador que buena parte de nuestra clase alta destina a un “otro”, anónimo y desfavorecido. Mezcla sus nociones de representación del que parece ser un “monstruo mitológico” con el agobio que le produce una falsa culpa de clase. Ante esto, las artistas quieren proponer un mensaje de empatía, de corte pedagógico y moralista.

Nos quieren decir “esto pasó así, ellos no tuvieron la culpa”; y ello desnuda que, en el fondo del discurso, habita una sutil denuncia. Quieren decir que el “campesino” fue “primitivo y salvaje” a causa de una reforma agraria mal ejecutada que no le permitió volverse un individuo “sano mentalmente” y “bueno para la sociedad” (¿alguien dijo “terrorismo”?). En consecuencia,  ese “campesino” no merece el castigo que, como sociedad ilustrada, le obligamos padecer. ¡Larga vida a las defensoras del campesino!

Pero más allá de criticar rabiosamente el contenido de este proyecto, es necesario reflexionar la naturaleza de su concepto y tratar de comprender un poco el sentido detrás de dicha  metáfora. ¿Cómo nace esta idea? Creo que es válido apelar a su propio marco de análisis para responder esta pregunta.

Esta obra es una exquisitez de la autorreferencia. Son las “artistas” las verdaderas representaciones de lo que proyectan sobre un “ente” que desconocen. Piénselo un momento ¿no hemos visto bastante desarraigo en este discurso? Alguien les dio herramientas (cámaras, lienzos y una sala) pero no les enseñó a usarlas. Ello les impide proponer un concepto mentalmente sano y bueno para la sociedad, por lo que aflora un arte primitivo y salvaje que termina por hacerles (y hacernos) daño. Entonces… ¡ellas son inocentes! Son niñas jugando con cuchillos en una casa-hacienda abandonada (una galería). Es preciso buscar a los “padres”.

“Comenzamos hace como un año y medio a desarrollar la idea porque primero decidir qué tema desarrollar, después hacer la investigación … hemos hablado con psicólogos, con historiadores, con personas que vivieron el tema de la reforma agraria … hicimos todo el research y toda la preparación que fue lo que más tiempo nos tomó y, bueno, ya después nos concentramos en hacer la ejecución del proyecto…”

Prendan sus antorchas y vamos en busca de los asesores. Ellas afirman que tuvieron ayuda, lo que me hace pensar que pudo ser peor.

Pero esto no es tan nuevo como piensan. En el año 2007, la fotógrafa  Marina García Burgos y Ricardo Ramón Jarne lanzaron, a través de su Colectivo MR, un proyecto fotográfico titulado: “Si no existe el más allá, la injusticia del pobre se prolonga eternamente”. Aunque mejor argumentado que este “Desarraigo”, hay una noción común de la otredad que muestra su hocico en los dos proyectos artísticos. Respecto a este proyecto, les recomiendo leer el texto de Mariel García Llorens en la revista “Argumentos” del Instituto de Estudios Peruanos. Contundente.

Hablando seriamente, esto me hace pensar mucho en la sensación que me transmitió el evento Art Lima en general. Un espacio correcto, lleno de obras que le dan la espalda a la sociedad donde están insertas. Muy  pocos buenos ejemplos de arte contemporáneo y muchas repeticiones de motivos vacíos. Un mercado, lo que no tendría nada de malo si no se vendiera como testimonio de crecimiento del arte peruano. Todo esto sin entrar en los cuestionamientos que han recibido respecto a censuras y otras perlas. Pero, lo peor de todo, un espacio aburrido y sin alma.